es
tan dañina como la inseguridad
Esa percepción
alcanza al 89% de los argentinos. La nota ha sido generada en ese
país... pero lamentablemente es válida en toda la región
Por Fabiola Czubaj
¿Cuántas veces mira a un lado y a otro de la calle antes de abrir la
reja que separa su casa del mundo? ¿Reemplazó el anillo que solía usar,
o evita ir a lugares que frecuentaba?
Es muy probable que sus hábitos hayan cambiado en
los últimos tiempos, haya o no sufrido o presenciado un hecho violento.
Es que la sensación de inseguridad no necesita de las estadísticas
delictivas para afectar el bienestar mental de la población, al
provocarle ansiedad, aislamiento, fobia social, pánico y hasta delirio
de persecución.
"La inseguridad conlleva desconfianza y defensa paranoides, es decir, la
necesidad de vivir permanentemente en un estado de alerta que
impide distenderse un minuto por la sensación de que algo atacará.
Pero como eso es muy difícil de sobrellevar, la reacción inmediata es
negarlo y decir que a uno no le va a pasar, ya que es imposible circular
sin defensa en una situación general de riesgo", dijo la doctora Lía
Ricón, profesora de Salud Mental de la Universidad de Buenos Aires y de
la Universidad Favaloro.
Inconscientemente, en el camino la población va dejando su felicidad,
su capacidad creativa, su interacción social y su productividad.
"Hay una especie de acostumbramiento y resignación: la realidad es así y
tengo que vivirla de esa manera -agregó Ricón-. Lo más grave es que en
el mediano y largo plazo aparecen los sentimientos de depresión y
desgano."
Según el Instituto Latinoamericano de Seguridad Pública (Inlasep), la
sensación de inseguridad en nuestro país reapareció con fuerza en el
invierno de 2006. Ese año, el sondeo local del Centro de Estudios para
la Convergencia Ciudadana halló que el 89% sentía temor de ser víctima
de un delito, contra el 77% en 2005.
Un estudio del Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Inseguridad de
México (Icesi) demostró que por cada persona que sufre un
delito, 25 creen que van a ser víctimas de la inseguridad y dejan de
hacer sus actividades habituales.
"El problema es cuál es el límite tolerable antes de que la población o
parte de ella quede inmersa en una cultura de la violencia y comience a
considerar lo patológico como normal", sostuvo el doctor Ricardo
Petrissans, presidente del Inlasep.
Según el Icesi, la sensación de inseguridad no se contrarresta
negándola, sino mediante la lucha contra el delito y el miedo que
genera.
Condición necesaria
En el último número del Boletín de la Organización Mundial de la Salud,
un artículo confirma la importancia sanitaria de convivir con la tan
denostada sensación de inseguridad.
"La seguridad es una condición previa de la salud y la inseguridad es
mala para ella -escribe el doctor Robin Coupland, consejero del Comité
Internacional de la Cruz Roja-.
Nuestra seguridad y la inseguridad de los demás son cuestiones que
despiertan mucho interés porque están relacionadas con nuestro propio
bienestar físico, mental y social."
Para que la sensación de inseguridad aparezca, debe existir miedo de
enfrentar un peligro imposible de prever y percibirse desprotegido ante
delitos más violentos. "La ansiedad persistente genera una angustia que,
no tratada, se puede convertir en angustia pánica, lo que amenaza con
desintegrar al yo que nos permite interactuar con los otros.
El descreimiento en las instituciones, como la justicia, la
educación o la salud pública, refuerzan esa sensación de inseguridad",
dijo el psicólogo Sergio Sáliche, director de la Red Asistencial de
Buenos Aires (Redba).
En su guardia telefónica de orientación gratuita (011 4382-2280 o
4382-4724), la Redba recibe consultas sobre fobias o ataques de pánico
originados en esa percepción de inseguridad.
"El pánico genera una invasión de sensaciones displacenteras que se
apodera del cuerpo y provoca una tormenta psicofisiológica que oculta
una situación de desamparo, ya que no hay forma de protegerse de lo
desconocido y el otro no puede ayudar", agregó.
Para quien sufre un ataque de pánico, no existe ningún lugar que le dé
seguridad. "Sentirse desprotegido -dijo Sáliche- hace crecer la angustia
a niveles insoportables, lo que gesta el presentimiento de que algo
catastrófico va a suceder, pero que no se puede ubicar en tiempo ni en
espacio."
Para reducir ese estado de alerta
permanente y recuperar algo de tranquilidad, Ricón recomienda tomar
conciencia de la situación para no seguir perdiendo energía inútilmente:
"Si está dentro de una casa o un ambiente protegido, hay que detener el
estado de alerta, tratar de relajarse e intentar disfrutar del entorno".
La autora de esta nota, Fabiola
Czubaj, pertenece a la Redacción de “La Nacion”, de cuyo excelente sitio
web tomamos esta nota. Gracias, Fabiola y Colegas de La nación!
Nota del
Coordinador de este Foro:
Esta sensación de inseguridad, que lleva a la necesidad de vivir en
un estado de alerta permanente, y el extendido descreimiento en las
instituciones, es común a todas las grandes ciudades de nuestra región.
El flagelo se extiende e incrementa, y nuestros Gobiernos parecen
impotentes para enfrentarlo adecuadamente.
Los funcionarios designados para “hacerse responsables de la seguridad”
frecuentemente carecen de los sólidos conocimientos técnicos necesarios
para una comprensión completa del problema; nuestras Policías enfrentan
crónicas carencias presupuestarias, de recursos humanos, tecnología y
formación profesional; el poder político suele tener otras prioridades,
mas bien dictadas por las urgencias electorales...
En síntesis, estimado Colega, se necesita una rápida mejora, pero
lamentablemente en la mayor parte de los países no la estamos viendo.