¿Qué es una Política Criminal Integral?
¿Cómo se elaboran una Política Criminal y un Plan
Director de Política Criminal?
Por Julio
Enrique Aparicio
Una realidad
incontrastable de la sociedad occidental contemporánea es el incremento
de la violencia y del delito. Esto acontece tanto en América como en
Europa; en el hemisferio norte como en el sur; en países
industrializados y en países en vías de desarrollo.
Prueba de ello es que Estados Unidos de América, con el mayor P.B.I
mundial, es también quien encabeza el ranking de personas privadas de
libertad (más de 730 por cada 100.000 habitantes), frente a una media de
aproximadamente de 100 a 150 presos cada 100.000 habitantes en los
países europeos.
Pero más allá de ello, en España el crecimiento del encarcelamiento fue
en 15 años del 190%, en Holanda del 240%, etcétera.
Como vemos y como se podría demostrar fácilmente extendiéndonos en
cifras estadísticas oficiales e irreprochables, algo está pasando en el
seno de las sociedades occidentales y su derivación la conocemos todos:
violencia en todas sus formas, delito más numeroso y más grave,
limitaciones a la libertad de los ciudadanos comunes que deben
restringir sus actividades por temor; sentimiento generalizado de
inseguridad y enormes costos para los estados en sistemas penitenciarios
poco eficientes, en tribunales lentos y burocratizados y en
organizaciones policiales frecuentemente cercanas a la corrupción.
Para graficar lo monumental del gasto en prisiones, valga señalar que
los Estados Unidos de América invierten por día en su sistema
penitenciario algo más de 93 millones de dólares (reitero, por día, es
decir a razón de U$S 65.000 por minuto).
Los estudios con que se cuenta indican que la reincidencia es el orden
del 66%...
En consecuencia, todo un despilfarro y un creciente riesgo para la
sociedad. Sólo que muy pocos países pueden darse el lujo de dilapidar de
esa forma verdaderas fortunas por minuto y por día.
Por ende, hay que buscar una solución más económica, más eficiente, más
humana y por sobre todo, más preventiva. Nada ganamos encarcelando al
hombre que mató a nuestro padre, a quien la sanción no va a resucitar.
Además, con los costos de la mera represión los estados están reduciendo
sus presupuestos en educación, en salud, en vivienda. Consecuentemente
aumenta la pobreza y la marginalidad, la ineducación, la enfermedad y
las adicciones y este círculo vicioso realimenta la violencia y el
delito. Es la espiral diabólica de los años 2000.
¿Qué hacer frente a este cuadro cuasi aterrador: los honestos encerrados
en sus casas, ya sean pobre y ricos y las ciudades en manos del crimen
organizado ?. Hay una sola solución: poner en marcha una Política
Criminal Integral.
¿Qué es una Política Criminal Integral?
Una Política Criminal Integral es un conjunto muy amplio, complejo y
diversificado de medidas y acciones desarrolladas bajo el impulso del
estado pero con amplia participación comunitaria, tendiente a reducir,
limitar y atenuar el delito en general, la violencia como base y todo
ello promoviendo el ascenso social de la población y el desarrollo
económico social del país.
¿Cómo se elabora una Política Criminal?
Primero hay que efectuar un diagnóstico por áreas de problemáticas y de
instituciones y organizaciones sociales, no limitadas sólo al delito,
aunque las cifras de éste son fundamentales.
El diagnóstico nos permitirá comparar la situación existente con una
situación normal, que en este caso sería la ideal). De allí surgirán los
pasos a seguir en la planificación y posterior ejecución de un plan, por
ejemplo, un Plan Director de Política Criminal.
La Política Criminal Integral procurará que el delincuente no pueda
delinquir (Prevención Situacional), pero fundamentalmente procurará que
el niño o joven, especialmente el marginal, no se convierta en
delincuente; que otros no se hagan adictos a las drogas; que se reduzca
la circulación ilegítima de armas de fuego, que se refuercen los
sistemas educativos y recreativos para la niñez y la juventud; que se
brinde apoyo a la familia de bajos recursos; que se organicen los
barrios y las comunidades participativamente y que en cada zona creen
esquicios de prevención en coordinación con la policía; que se
involucren todos en recuperar el espacio urbano muchas veces
“desertizado” por haber sido abandonado por los vecinos y copado por los
delincuentes.
Deben también ser objeto de análisis las instituciones vinculadas a la
minoridad, frecuente “semillero” del delito adulto. Reestructurados
integralmente los servicios penitenciarios (legislación, reglamentación,
infraestructura, capacitación y selección del personal, metodología de
tratamiento, etc.) y creados los postpenitenciarios para asegurar una
adecuada reinserción social. Puestas en marcha medidas y sanciones
penales no privativas de libertad para delitos menores pero con un
tratamiento educativo y correctivo, modernizada la justicia,
frecuentemente morosa e ineficiente, etc.
La elaboración de un Plan Director de la Política Criminal debe buscar,
además, el consenso con todos los sectores políticos y sociales,
comprometiéndolos en los mismos objetivos, para así conformar una
política de Estado y no en una política del gobierno de turno.
El Plan debe contar con un presupuesto e identificar las fuentes de
financiamiento y además contar con un organismo de conducción del más
alto nivel (científico y funcional) y con instrumentos de evaluación
para analizar los resultados y corregir las desviaciones.
A modo de cierre valga señalar que en un estudio promovido por el Banco
Interamericano de Desarrollo se estableció, luego de estudiar seis
países de Sud y Centroamérica, que la violencia y el delito llegaban a
consumir hasta el 25% del Producto Bruto Interno.
Dr. Julio Enrique Aparicio