Las compañías privadas de
seguridad:
Un dilema para las operaciones militares futuras
Por Jose Luis Calvo Albero (*)
En la última década el sector de la seguridad privada ha alcanzado una
notable expansión, e incluso ha llegado a influir en determinadas
operaciones militares. Las opiniones sobre la naturaleza de estas
empresas y el papel que pueden desempeñar en un conflicto armado están
todavía muy divididas. Por un lado resulta inevitable su asociación
con los mercenarios clásicos, con toda su carga negativa. Por otro,
representan un instrumento que se ha demostrado muy útil, y hasta
indispensable, en la gestión y resolución de determinados conflictos,
aunque se han sufrido también experiencias menos positivas en otros.
En cualquier caso, el fenómeno de la seguridad privada sigue en auge,
y la presencia de este tipo de organizaciones resulta cada vez más
frecuente en escenarios de conflicto, en los que pueden convertirse en
apoyos o competidores de los ejércitos regulares, o quizá incluso en
adversarios en un futuro. Por eso se hace preciso un estudio de sus
verdaderas capacidades, y de la experiencia de su utilización en los
últimos conflictos bélicos.
LA NATURALEZA DE LAS EMPRESAS DE SEGURIDAD
Frecuentemente se despacha a las empresas privadas de seguridad con un
calificativo muy simple: mercenarios. Pero la realidad suele ser
bastante más compleja.
En primer lugar, la inmensa mayoría de estas empresas incumplen una de
las premisas básicas del mercenario ya que su personal no participa en
combates directos. La labor más común suele ser la de asesoramiento y
asistencia militar y, cuando asumen la seguridad física de personas o
instalaciones, solo utilizan la violencia en caso de ataque directo
contra aquello que protegen.
En segundo lugar las actividades que desarrollan estas compañías son
enormemente variadas, y muchas de ellas muy alejadas de los típicos
cometidos de los mercenarios. Entre ellas puede encontrarse, aparte de
los ya mencionados, el apoyo logístico; la gestión de contratos de
armamento; el asesoramiento sobre riesgos a gobiernos, empresas y
organizaciones internacionales; la inteligencia; el desminado; el
asesoramiento, y adiestramiento en la autoprotección de miembros de
ONG en zonas de conflicto, etc.
También es cierto que algunas empresas privadas de seguridad han sido
meras agencias de contratación de mercenarios y tráfico ilegal de
armas, pero el sector se defiende alegando que esto se ha producido en
contadas ocasiones. En cualquier caso la contratación de mercenarios
está penada en la mayoría de los Estados, por lo que resulta difícil
la actuación abierta de empresas que se dediquen a ello, aunque
argucias relacionadas con la subcontratación y la creación de
compañías subsidiarias permite eludir en ocasiones la persecución
legal.
Pero, pese a que resulte difícil calificar a la inmensa mayoría de las
empresas de seguridad como mercenarios, lo cierto es que el papel que
desempeñan en los conflictos armados viene a ser muy similar al que
ejercían los mercenarios clásicos. La reducción generalizada de los
ejércitos, incluso de los más poderosos; la extensión de cierto caos
político en gran parte del mundo, y las facilidades que proporciona la
globalización para el movimiento de personas, capitales y bienes han
hecho inevitable que el hueco que ocupaban los mercenarios en los
conflictos armados vuelva a aparecer, adaptado a las peculiaridades
legales de la época actual.
LA EXPERIENCIA
Las empresas privadas de seguridad han tomado parte en numerosos
conflictos durante los años noventa del pasado siglo, y en la presente
década. Su actividad se ha popularizado últimamente debido al empleo
masivo, apoyado desde el poder político, que ha hecho de ellas EE.UU
especialmente en Iraq y Afganistán. Pero los ejemplos en los que las
compañías de seguridad han desarrollado un papel más decisivo son
menos conocidos. Habitualmente se cita a Sierra Leona y Croacia.
En Sierra Leona la intervención de la compañía sudafricana Executive
Outcomes (EO) se ha convertido en un clásico a la hora de señalar las
posibilidades de las empresas privadas para resolver un conflicto con
bajo coste y razonable eficacia.
EO fue fundada en los años ochenta y, desde su aparición, fue una
versión renovada de los clásicos grupos mercenarios en África,
representando el lado más agresivo, y también más oscuro, de las
compañías privadas de seguridad. A principios de los noventa consiguió
un contrato del gobierno angoleño para la protección de instalaciones
petrolíferas contra los ataques de los rebeldes de UNITA. Su éxito en
esta misión les granjeó un notable prestigio que probablemente influyó
en que fueran contratados, en 1995, por la Junta Militar de Sierra
Leona, agobiada por el avance de las fuerzas rebeldes del RUF (FrenteRevolucionario
Unido) hacia la capital, Freetown.
Sobre este contrato se han hecho numerosas especulaciones, siendo
probable que influyeran en él las poderosas empresas mineras europeas,
que veían como sus explotaciones de diamantes quedaban inutilizadas
por la huida de los técnicos que las gestionaban. El apoyo, o quizá
simplemente la conformidad, de algunos Estados europeos a la
intervención de EO parece también bastante probable.
El caso es que el personal de EO consiguió un efecto arrollador en
unos meses. Gestionando la compra de helicópteros ex-soviéticos MI-17
y MI-24, y proporcionando las tripulaciones, logró dotar de una enorme
movilidad y potencia de fuego a las fuerzas gubernamentales. Los MI-24
barrieron columnas enteras del RUF en las cercanías de la capital y
obligaron a los rebeldes a replegarse casi 100 Km hacia el interior
del país. El equipamiento y adiestramiento de los guerreros tribales
kaamajor les convirtió en una fuerza capaz de enfrentarse al RUF en la
jungla y, finalmente, una serie de incursiones de mercenarios
sudafricanos lograron expulsar al RUF de la mayor parte de las zonas
mineras. A finales de 1996 los rebeldes aceptaban conversaciones de
paz.
Todo esto se consiguió con un contrato de 35 millones de dólares
durante 21 meses. Nunca hubo más de 300 miembros de EO en Sierra Leona
y solo 6 de ellos resultaron muertos en combate. Cuando la compañía
dejó el país en 1997, se produjo un golpe de estado que reinició de
nuevo la guerra civil. Se realizó un despliegue de observadores de la
ONU (UNOMSIL) que costó 47 millones de dólares en 8 meses, y que tuvo
que ser evacuado en su totalidad en 1999, cuando las fuerzas del RUF
avanzaron de nuevo sobre la capital.
Evidentemente EO se mostró muy eficaz en su tarea, aunque muchos
aspectos de su actuación fueron discutibles. Pero EO actuó en las
condiciones ideales para que una compañía de seguridad privada pudiera
demostrar su eficacia: una situación al borde del caos; un enemigo
desorganizado y pobremente armado; grandes intereses económicos, y muy
poca voluntad por parte de las potencias occidentales (entonces
enzarzadas en la crisis bosnia) para desplegar fuerzas regulares en
ese escenario. EO se demostró capaz, a un bajo coste, de solucionar un
problema que los ejércitos regulares no podían afrontar en aquel
momento.
Un caso muy diferente es el de la compañía norteamericana MPRI (Military
Professional Resources Inc.). Surgida en el seno de las fuerzas
armadas norteamericanas, e integrada fundamentalmente por militares en
la reserva, MPRI actúa siempre en beneficio de los intereses de la
política exterior de su país. Su presidente es Carl Vuono, Jefe de
Estado Mayor del Ejército entre 1987 y 1993, y en su nómina hay más de
300 Generales en la reserva, aparte de un gran número de oficiales,
suboficiales y técnicos civiles.
En 1994 MPRI obtuvo un contrato de asesoramiento y asistencia militar
al ejército croata. Dos años antes este era poco más que una milicia
mal armada y repetidamente humillada por las fuerzas serbocroatas de
las Krajinas. El embargo internacional de armas sobre los beligerantes
balcánicos daba además pocas opciones para reconstruir una fuerza
creíble. Pero en mayo de 1995 las fuerzas croatas daban la sorpresa
lanzando una rápida ofensiva con fuerzas mecanizadas que ocupó en 72
horas el enclave serbocroata de Eslavonia Occidental. Tres meses más
tarde se lanzaba la mayor ofensiva mecanizada en Europa desde la II
Guerra Mundial, ocupando en cuatro días el territorio de las Krajinas,
y aplastando fácilmente a los 25.000 soldados serbocroatas que lo
guarnecían.
MPRI negó siempre tener algo que ver con estas operaciones, al menos
de forma directa. Su contrato era simplemente para facilitar la
transición hacia un ejército democrático. Pero sin su apoyo resulta
casi inexplicable que el ejército croata fuese capaz de emprender ese
tipo de ofensivas, organizando un complejo sistema de mando y control,
y poniendo operativas una fuerza aérea de 50 MIG-21, y una
considerable fuerza blindada de 300 carros.
Tras los acuerdos de Dayton, MPRI recibió un nuevo contrato para
gestionar la reconstrucción del ejército de la Federación Bosnia. El
programa de equipamiento incluyó la entrega de material militar
norteamericano y el adiestramiento para su empleo y mantenimiento.
EO y MPRI representaron los polos opuestos del sector de la seguridad
(EO fue disuelta en 1998 por el endurecimiento de las leyes
sudafricanas contra la contrata de mercenarios). Por un lado, una
empresa que ofrecía una versión actualizada y adaptada al mercado de
los clásicos mercenarios, y por otro una compañía que era en realidad
una prolongación del ejército regular de un Estado. Pero ambas se
demostraron notablemente eficaces participando en la solución de
crisis en las que resultaba poco atractivo empeñar fuerzas regulares.
En Iraq la labor de las compañías de seguridad ha sido menos
espectacular, pese a que se las ha utilizado de forma masiva. De
hecho, se confiaba en que gran parte de la fase de estabilización
fuese liderada por diferentes compañías privadas, permitiendo mantener
un contingente militar reducido sobre el terreno.
Prácticamente todas las compañías del ámbito anglosajón lograron
contratos en Iraq, que incluían desde el abastecimiento y manutención
de las fuerzas norteamericanas hasta el mantenimiento de equipos,
servicio de intérpretes, expertos en inteligencia, entrenamiento y
equipamiento de las fuerzas iraquíes; protección de las instalaciones
petrolíferas y seguridad a personas. Incluso el hombre inicialmente
escogido para liderar la reconstrucción era el General retirado Jay
Garner, presidente de SY Coleman Inc., una empresa relacionada con
MPRI.
Frente a la dureza de la insurgencia que pronto se desarrolló en el
país, las compañías de seguridad demostraron sus limitaciones. Muchos
de sus empleados comenzaron a ser asesinados, heridos o secuestrados.
Lógicamente esto encareció notablemente sus servicios con varios
efectos negativos. Algunos programas de reconstrucción perdieron gran
parte de su presupuesto inicial en gastos de seguridad; otros
sencillamente no pudieron llevarse a cabo porque la previsión del
gasto en seguridad era excesiva.
Las subcontratas locales se demostraron aún más vulnerables a los
ataques de la insurgencia y su servicio se convirtió en inseguro. El
transporte de abastecimientos, por ejemplo, recayó en gran parte en
compañías jordanas, turcas y kuwaitíes, pero casi cada día algún
empleado era asesinado o secuestrado. En los momentos más álgidos de
la actividad insurgente el abastecimiento de las fuerzas
norteamericanas llegó a sufrir carencias, y el propio General Ricardo
Sánchez reconoció que eso afectó a la capacidad ofensiva de sus
fuerzas en la sangrienta primavera de 2004.
Algunas de las ventajas teóricas de las compañías privadas sobre los
ejércitos regulares quedaron en entredicho, como la presunción de que
las bajas de los empleados civiles tienen un impacto menor que las de
los soldados. A finales de marzo de 2004, el asesinato de cuatro
empleados de la empresa Blackwater en Faluya, y la vejación filmada de
sus cadáveres, supuso un duro golpe para la opinión pública
norteamericana, y forzó una apresurada ofensiva contra la ciudad
rebelde que terminó de forma humillante por falta de preparación y
efectivos. El secuestro y asesinato filmado de otros contratistas
causó también un gran impacto público, e hizo subir de forma
exorbitante los sueldos de los empleados de las empresas de seguridad,
que se vieron forzadas a buscar nuevos aspirantes en países en
desarrollo, dispuestos a arriesgar su vida por menores salarios.
CONCLUSIONES
Sierra Leona y Croacia son ejemplos de lo que las compañías privadas
de seguridad pueden hacer, mientras que Iraq lo es de sus
limitaciones. En los dos primeros casos estas empresas se utilizaron
como una alternativa al despliegue de fuerzas regulares en escenarios
complejos, en los que la intervención directa tenía un fuerte coste
político y de opinión pública.
En ambos casos, además, era fácil invertir el equilibrio de fuerzas en
el conflicto, en Sierra Leona porque el RUF era poco más que bandas de
adolescentes bajo los efectos de drogas diversas, y en Croacia porque
las milicias serbias estaban aisladas, divididas y saturadas por el
combate contra múltiples adversarios.
En estas situaciones las empresas privadas constituyen un útil
instrumento en manos de los gobiernos, y probablemente esta es la
razón por la que se tolera a las más agresivas como EO y Sandline, y
se potencia a las más fieles a las políticas gubernamentales como MPRI.
Iraq era también un escenario complejo, con fuertes problemas para el
despliegue de un gran número de efectivos regulares. La magnitud de la
tarea hacía este despliegue inevitable en una primera fase, pero
después se intentó la sustitución parcial de las fuerzas armadas por
compañías privadas. La existencia de un adversario duro, fanático y
bien organizado dio al traste con todas las expectativas. Las empresas
privadas se mueven, después de todo, por la expectativa de beneficios
y, si esta se pierde, sencillamente no pueden actuar. La gran ventaja
de los ejércitos regulares es que son capaces de combatir en
condiciones en las que una empresa privada se declararía en ruina.
El dilema sobre el empleo de compañías privadas en las operaciones
futuras se mantiene abierto. En algunos casos esta externalización,
como habitualmente se la denomina, es inevitable. Por ejemplo en el
mantenimiento de sistemas de armas y equipos complejos y en otras
tareas logísticas.
Actualmente las fuerzas armadas norteamericanas confían a estas
empresas el mantenimiento de sus sistemas más avanzados, incluyendo
los bombarderos estratégicos B-2. No hacerlo implicaría unos gastos
inasumibles en la formación de personal técnico. En el campo de la
protección de instalaciones, la seguridad de personas y la asistencia
militar, su utilización, siempre que se regule adecuadamente, puede
ser muy valiosa, ya que resulta difícil disponer de efectivos
militares o policiales para atender a todas estas tareas.
Pero en la intervención directa en tareas directamente relacionadas
con el combate las desventajas pueden llegar a ser abrumadoras. Como
les ha ocurrido a la mayoría de los mercenarios a lo largo de la
Historia su capacidad para combatir contra adversarios bien
organizados y motivados es reducida. La situación legal de sus
empleados es frecuentemente incierta, tanto a la hora de pedir
responsabilidades como en el caso de que sean hechos prisioneros.
Resulta muy difícil integrar a empleados civiles de una compañía
privada en una cadena de mando militar, y la unidad de acción se
resiente enormemente. Las propias compañías suponen un serio
competidor para las fuerzas armadas a la hora de conseguir personal.
Precisamente los profesionales que más tiempo y dinero cuesta formar
son los que se sienten más tentados por los altos salarios del sector
privado.
Pero, por encima de todo, las compañías privadas
de seguridad, cuando entran en los ámbitos de enfrentamiento
habitualmente reservados a los ejércitos, ponen en peligro el
principio de monopolio de la violencia sobre el que se han construido
los Estados. Si se repasa la Historia, los ejércitos privados surgen
cuando los ejércitos regulares flaquean, y empiezan a ser incapaces de
cubrir sus misiones naturales. Y el resultado de los sucesivos
períodos de auge de los ejércitos privados termina siempre en el caos.
Los ejércitos nacionales, de los que somos herederos surgieron en gran
medida como reacción a la hecatombe que los mercenarios provocaron en
el siglo XVII, durante la Guerra de los Treinta Años, en la que
algunas regiones de Europa Central quedaron devastadas de una forma
que no se ha vuelto a repetir, ni siquiera en la II Guerra Mundial.
Así pues es preciso mantener cierta cautela respecto a la
participación de empresas privadas de seguridad en las operaciones
militares. Probablemente en algunos aspectos será inevitable, pero en
muchos otros no es deseable. Por eso resulta llamativo observar en
ocasiones el entusiasmo de algunos profesionales de la milicia por la
incorporación de empresas civiles a las operaciones militares, quizá
entendido como un signo de modernidad.
Se trata de un fenómeno un tanto surrealista. Casi tanto como la
imagen de una compañía discográfica alentando la comercialización del
grabador de CD.
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http://carlisle-www.army.mil/usawc/Parameters/02winter/smith.pdf.
(*) Jose Luis Calvo Albero
es Teniente coronel del ET. La fuente original
de este valioso material es la "Revista del
Ejercito Español" numero 777 de diciembre de 2005
( ejercitorevista@et.mde.es
), con cuya autorización lo reproducimos,.
Artículo publicado en
http://www.forodeseguridad.com/artic/discipl/4167.htm