Por Benedict
Carey
NUEVA YORK (The
New York Times).– Los sociólogos saben desde hace mucho que los
grupos generalmente colapsan si no tienen métodos claros para castigar
a los miembros que se vuelven egoístas o explotadores.
Ahora, un experimento realizado por economistas alemanes halló una
razón: los grupos que permiten el castigo pueden resultar más
beneficiosos que aquellos que no lo hacen.
Dada la elección, la mayoría de las personas que juegan a un juego de
inversión creado por los investigadores inicialmente decidían unirse
al grupo que no penalizaba a sus miembros. Pero casi todos rápidamente
se cambiaban al que castigaba cuando veían que podían beneficiarse.
El estudio, que se publica en el último número de Science, sugiere que
los grupos con pocas reglas atraen a muchos explotadores que
rápidamente minan la cooperación.
En contraste,
las comunidades que permiten el castigo y en las que el poder es
distribuido equitativamente suelen atraer a personas que, incluso a su
propio costo, están dispuestas a oponerse a los “aprovechados”.
Elinor Ostrom, codirectora del Taller de Teoría y Análisis Políticos
de la Universidad de Indiana, dijo que el trabajo ayudaba a clarificar
las condiciones bajo las cuales las personas penalizarán a otras para
promover la cooperación.
“Estoy muy contenta de que este experimento se haya hecho y de que se
publique en forma tan destacada –dijo Ostrom– porque todavía tenemos
mucho por resolver sobre los efectos del castigo en el
comportamiento.”
Ostrom ha hecho trabajos de campo con cooperativas de todo el mundo y
frecuentemente les preguntaba a otros investigadores y estudiantes si
sabían de algún grupo comunitario duradero que no empleara el castigo.
“Nadie pudo darme un ejemplo”, afirmó.
En el experimento, investigadores de la Universidad de Erfurt,
en Alemania, enrolaron a 84 estudiantes en el juego de las
inversiones y les dieron 20 fichas a cada uno.
En cada vuelta, cada participante decidía si conservar las fichas o
invertirlas en un fondo cuyo beneficio era distribuido por partes
iguales entre todos los miembros del grupo, incluyendo a los que no
arriesgaban su dinero.
Dado que las ganancias estaban determinadas por un múltiplo de las
fichas invertidas, cada participante que contribuía con el fondo
recibía menos ganancias que si éstos hubieran apostado también.
Las fichas podían cambiarse por dinero real al final del experimento.
Alrededor de dos tercios de los estudiantes inicialmente elegían
jugar en un grupo sin castigos.
En el otro, costaba una ficha multar a otro jugador tres fichas.
En la quinta ronda, alrededor de la mitad de los que habían empezado
en el grupo que no penalizaba se había cambiado al punitivo.
Al llegar a la vigésima ronda, el grupo que no castigaba era como un
pueblo fantasma.
“La conclusión es que cuando uno tiene
personas con reglas compartidas, y algunos que tienen el valor moral
para sancionar a otros, esa sociedad funciona muy exitosamente”,
dijo la primera autora del trabajo, Bettina Rockenbach, de la London
School of Economics.