SI. Un país es inteligente cuando ha
sabido organizar su vida pública
Vivir en Nueva Zelanda
¿Se puede medir la inteligencia de un país? Sí.
¿Es la suma de la inteligencia de sus habitantes? No.
Un país es inteligente cuando quienes lo pueblan han sabido
organizar su vida pública, es decir, han sabido desarrollar capital
institucional.
Viajé recientemente a Nueva Zelanda, invitada por su primera ministra,
Helen Clark, en el marco de un programa de ayuda estratégica hacia
América latina, a fin de conocer el funcionamiento de las
instituciones de ese país.
Me deslumbraron esas dos islas, situadas entre las latitudes de
Rosario y Comodoro Rivadavia, que suman 270.000 km cuadrados (10%
del tamaño de la Argentina) que, entre cerros y montañas, albergan
3,8 millones de habitantes (también el 10% de la Argentina), de
los cuales un 75% es de origen europeo, un 15% maorí, un 5% asiático y
otro 5% de otros pueblos polinesios; el 85% del total vive en áreas
urbanas.
Tiene 2,5% de inflación, 5% de desempleo y 0 de deuda pública externa.
Los conceptos de inclusión social, equidad, justicia, reconocimiento
de minorías y respeto por los derechos humanos son parte de los
valores compartidos por el conjunto de la sociedad.
¿Nueva Zelanda gozó siempre de esta calidad? No. Sufrió una notoria
decadencia desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta su
recuperación. Cuando Gran Bretaña ingresó, en 1973, a la Comunidad
Europea, los neozelandeses comprendieron que debían mirar hacia
quiénes son sus vecinos más próximos, los países del Asia-Pacífico.
Pocos años después, la crisis internacional del petróleo sumó una
nueva inquietud, pero Nueva Zelanda demoró las innovaciones hasta 1984
cuando, en medio de una crisis financiera y en coincidencia con
elecciones generales, su clase dirigente imprimió un giro drástico a
la organización sociopolítica del país:
realizó una profunda reestructuración y apertura económica, modificó
el antiguo sistema electoral de mayoría relativa -el ganador se lleva
todo- que había sido usado por más de un siglo, a favor de la
representación proporcional mixta similar a la practicada en Alemania,
y apresuró el reconocimiento de los reclamos históricos del pueblo
maorí con una corte especial.
Las reformas fueron sostenidas y profundizadas por los distintos
partidos y alianzas en el gobierno, en el marco de una fuerte
modernización del Estado, que permitió ordenar la vida pública y
hacer ágiles, transparentes y previsibles a sus instituciones.
La ciudadanía, a su vez, se acopló al cambio y respeta las reglas
de juego impositivas, laborales, ambientales, de tránsito.
Actualmente, esta monarquía constitucional con sistema parlamentario
de gobierno, que integra la Mancomunidad Británica de Naciones desde
1840, es uno de los países más pequeños y nuevos de la región
Asia-Pacífico.
Una generación atrás, Nueva Zelanda no se veía a sí misma como parte
de esa región; hoy, con orgullo, se siente parte de ella. Sus
relaciones más fuertes y su futuro están allí.
En 1995, el Foro Económico Mundial de Davos la calificó como la
octava economía más competitiva de cuarenta y ocho encuestadas y
tercera en calidad de gobierno.
Los neozelandeses explican que el resultado
puede parecer milagroso, pero el procedimiento utilizado para
alcanzarlo poco tiene que ver con los milagros y mucho con el trabajo,
el compromiso, la confianza y el cumplimiento de las normas.
En el vuelo de regreso meditaba sobre las lecciones aprendidas y sobre
algunas similitudes: Nueva Zelanda y la Argentina son países
compañeros en el hemisferio sur, se caracterizan por ser economías
basadas en productos primarios y fuerte capacidad exportadora, tienen
grandes sectores de servicios asentados en poblaciones urbanizadas,
poseen una importante capacidad de manufactura y una buena
infraestructura en ciencias, tecnología y educación. Tienen el
privilegio de gozar de bellos y variados paisajes y de estar habitados
por gran cantidad de personas nobles y creativas.
Sin embargo, los exponentes que hacen a la calidad de vida difieren
profundamente.
Aun sabiendo que es imprescindible evitar la ingenuidad de creer
que experiencias exitosas en un país pueden ser copiadas directamente
en otros, ¿qué misterio marca tanta distancia?
La clave oculta es el capital institucional de
ese país tan pequeño en términos geográficos y tan grande en
inteligencia colectiva.