Por William Godnick
Hoy en día se usa el concepto de la ‘globalización’ para explicar los
nuevos fenómenos y tendencias en el mundo que muchas veces generan
consecuencias negativas.
Un factor común en muchas de estas tendencias es el predominio del
sector privado por encima del poder público de los buenos y malos
gobiernos nacionales y locales.
Una de las funciones principales de los gobiernos es
la provisión de seguridad al Estado, sus fronteras, comunidades
y ciudadanos, pero en el contexto de la globalización muchas de
estas funciones han sido subcontratadas a la empresa privada, o peor
cedidas completamente a ellas por falta de capacidad y/o interés.
Actualmente el sector privado tiene un papel muy importante no
solamente en brindar servicios de camiones blindados y policías
privadas en los bancos y comercios sino también en servicios militares
(como en Irak y Afganistán donde se encuentran ‘mercenarios’ de casi
todos los países del hemisferio), de inteligencia y de investigación
criminal.
Sin embargo, en el contexto latinoamericano la
preocupación principal son los cientos de miles de agentes de
seguridad altamente armados que en algunos países (los
centroamericanos, por ejemplo) sobrepasan el número de efectivos de la
policía.
Desde mi punto de vista hay tres problemas serios con el aumento de la
privatización de la seguridad.
Primero, por muy disfuncional que sean muchos de nuestros
gobiernos elegidos democráticamente, existen mecanismos para
responsabilizar a las instituciones públicas de seguridad por su mala
conducta, en última instancia a través de las elecciones de los
líderes políticos en espera de cambios en la política pública.
Segundo, los dueños de la mayoría de las empresas privadas de
seguridad son ex-militares y/o ex-policías de alto rango, en algunos
casos hasta activos. En la práctica los representantes de las
instituciones estatales a cargo de fiscalizar las empresas de
seguridad no pueden hacer una labor efectiva porque no pueden romper
jerarquías y códigos de silencio que permanecen más allá del servicio
activo.
Además, la inseguridad persistente es lo que crea la demanda por
servicios de seguridad. Entonces, se piensa que muchos actores en este
ámbito buscan crear mayor inseguridad para garantizar un mercado
infinito. Y, ¿quién mejor para debilitar la imagen de las
instituciones de seguridad pública que algunas personas con fuertes
contactos por dentro?
Tercero, y el enfoque principal del resto de esta nota de
opinión, hay poco control y transparencia sobre los cientos de miles
de armas de fuego de diverso calibres en manos de estas empresas y sus
agentes.
Las empresas de seguridad privada alimentan la demanda legal para
armas de fuego por su ‘legítima’ necesidad de armar sus efectivos.
Pero también esta actividad también alimenta la proliferación ilegal y
el mal uso de estas armas.
En Ecuador, por ejemplo, es de conocimiento amplio que agentes de las
empresas de seguridad privada venden sus armas de fuego importadas de
Europa y Estados Unidos, en algunos casos armas caras que cuestan más
de mil dólares, por armas artesanales hechas en el país por un valor
de cien dólares.
En El Salvador cerca del 25 por ciento de todas las infracciones a la
ley de armas son cometidas por agentes de seguridad privada en horas
fuera del trabajo.
Sencillamente, hay dos problemas importantes con el manejo de las
armas de fuego de las empresas de seguridad. Primero, la normativas no
son adecuadas para la cantidad de armas que manejan estas empresas.
Segundo, aún cuando la normativa es relativamente buena es casi
imposible aplicarla.
Con estas situaciones en mente propongo que los gobiernos responsables
reformen sus leyes y políticas públicas incluyendo las siguientes
consideraciones:
• Debe haber una co-responsabilidad legal entre los dueños de estas
empresas, sus gerentes y sus agentes respecto al mal manejo y abuso de
las armas de fuego en su posesión;
• Aunque tal vez no sea factible requerir que todos los agentes de
seguridad privada reciban un entrenamiento igual al de las fuerzas
policiales su formación debe reflejar los ‘Principios Básicos del
Empleo de la Fuerza y Uso de Armas de Fuego por Funcionarios
Encargados de Hacer Cumplir la Ley’ de las Naciones Unidas;
• Los agentes de seguridad no deben llevar a sus domicilios las armas
de fuego que usan durante horas laborales;
• Debe ser un delito no reportar bajas en los inventarios de armas y
municiones en posesión de estas empresas;
• Las regulaciones de manejo y gestión de los arsenales de las
empresas de seguridad deben ser iguales a las de la fuerza pública y
la institución fiscalizadora del Estado debe tener acceso constante a
la información sobre dichos arsenales; y
• Cuando una empresa de seguridad privada se cierra por razones
comerciales y/o judiciales deben depositar todas las armas y
municiones en su poder con las autoridades para garantizar el no
desvío al mercado ilícito hasta encontrar un destino final aceptable.
Hay muchas personas como yo que creen que el Estado debe tener un casi
monopolio sobre el uso de la fuerza y los instrumentos de la violencia
con muy pocas excepciones. Pero seamos realistas, la seguridad ya se
privatizó en gran parte sin que nos diéramos cuenta.
Las empresas de seguridad privada se encuentran en diversas formas,
como las grandes empresas multinacionales como Wackenhut de Estados
Unidos (el McDonalds de la seguridad privada) y Prosegur de España o
como las personas que venden sus servicios como porteros o serenos
armados en los barrios de clase media de América Latina.
En este caso ya no somos electorado sino clientes
directos e indirectos de dichas empresas.
Exijamos a ellos y a los
gobiernos (donde sí somos electorado) que solamente las empresas
transparentes, conscientes y dispuestas a incluir el bien público en
su misión empresarial sean autorizadas para desarrollar funciones
armadas de prevención y respuesta en nuestras sociedades.