¿Qué espera mi jefe de mí?
¿Cómo hacer para que los empleados
hagan su trabajo dando lo mejor de sí?
Por
Harald Solaas
Los directivos de las empresas de seguridad querrían que todos sus
empleados hagan lo que ellos esperan, que lo hagan con entusiasmo y
que pongan lo mejor de sí. (Naturalmente, en este aspecto son iguales
a los directivos de todas las empresas).
Como cada cual cuida sus propios intereses, esto no es nada fácil de
lograr. Sin embargo, tampoco es imposible. Una empresa habrá dado un
gran paso en este sentido si sus empleados pueden responder sin dudar
a estas tres preguntas:
Todo trabajador,
a cualquier nivel, debe saber:
* ¿Quién es mi jefe?
* ¿Qué espera de mi trabajo?
* ¿En qué medida lo estoy logrando?
¿Quién es mi jefe?
¿Cómo se hace para que una persona sepa quién es su jefe? ¡Muy
sencillo! Se le dice "fulano es tu jefe".
¿Es así? Lamentablemente, las cosas no son tan simples. Según las
atribuciones que se les den, hay verdaderos jefes y "jefes que no son
jefes". No es difícil distinguirlos:
El test del verdadero jefe
Tome un puesto cualquiera de jefatura en su empresa y responda a las
siguientes preguntas acerca del mismo.
- Si un subordinado falla en su desempeño ¿van a llamar a este jefe a
que dé explicaciones? (¿o le van a aceptar que diga, por ejemplo, "lo
que pasa es que el empleado no es bueno"?)
- ¿Tiene autoridad para decidir cómo el subordinado debe emplear su
tiempo?
- A la hora de recompensar el buen desempeño en dinero o en
distinciones simbólicas ¿es quien más pesa en la decisión de hacerlo?
- Si el subordinado falla persistentemente después de intentos de
corrección ¿Tiene autoridad para decir "con esta persona no trabajo
más"?
Las respuestas por "sí" señalan al verdadero jefe. Las que son por
"no", a un "jefe que no es jefe". Cuando la respuesta sea "no", piense
por quién respondería que "sí". Ese es el verdadero jefe (quizás usted
mismo).
Entonces: está por una parte el "jefe real" y por otra aquella persona
de quien se le dice al trabajador "ese es tu jefe". Estos dos pueden
coincidir en la misma persona o no. Para que el trabajador pueda
responder sin dudas a la pregunta "¿quién es mi jefe?", es
indispensable que coincidan. Si en su empresa usted tiene puestos de
jefatura para los cuales deba responder "no" a estas preguntas, usted
tiene un problema de organización. Puede tener a la gente más capaz y
confiable del mundo, pero tendrá trastornos de productividad y de
motivación a pesar de ello.
Si usted tiene este problema, le podemos asegurar que no está solo.
Lamentablemente, las empresas están llenas de "jefes que no son
jefes". Es por eso que se puede competir en el mercado a pesar de
sufrir este desarreglo.
¿Qué espera de mi trabajo?
Hay varias maneras de decirle a la gente lo que se espera de ella.
Ordenadas de peor a mejor, estas son:
"Adivinación": el empleado tiene que entender como pueda lo que el
jefe quiere pero no dice. La filosofía del jefe es "son grandes,
tienen que darse cuenta solos". O bien "Yo los arrojo a la piscina,
los buenos nadan y los demás se ahogan".
Esta es una manera muy descansada de ejercer la jefatura.
Lamentablemente, aquí el "bueno" es el más "vivo" para darse cuenta de
lo que le cae bien al jefe. El más capaz y el más leal quedan
postergados. Aunque parezca extraño, esta práctica es sumamente común
en la vida de las empresas.
Prescripción de actividades: consiste en decirle al empleado lo que
tiene que hacer: "Tienes que estar de 6 a 14 y pedirle el pase a todas
las personas que quieran entrar". Etc. etc.
Definición de resultados: se le dice al empleado lo que tiene que
lograr: "No tiene que entrar nadie sin autorización". "Tienes que
evitar que el cliente tenga quejas".
Asignación de responsabilidades: se le dice al empleado por qué cosas
va a tener que responder apelando a su comprensión del sentido de su
trabajo. "Tenemos que dar seguridad al cliente, pero al mismo tiempo
evitar demoras y ser amables con el público. Para esto, tienes
que...(definición de resultados)".
En el punto siguiente quedará en claro por qué estas alternativas
están ordenadas de peor a mejor.
¿En qué medida lo estoy logrando?
Puestos en el papel de jefe, a la hora de evaluar el trabajo de
subordinados lo que querríamos es:
En primer lugar, desentendernos del asunto. A la mayoría de la gente
le resulta penoso hacer juicios sobre otros de frente, sobre todo
cuando son juicios que pueden gravitar sobre la remuneración y la
autoestima del individuo. Por lo tanto, tratamos de "escurrir el
bulto" lo más posible.
Esta forma de evaluar (o de no evaluar) va de la mano con la
"adivinación" del punto anterior. Es una receta infalible para la
administración mediocre.
Obviamente, en estas condiciones el trabajador no puede responder a la
pregunta ¿en qué medida lo estoy logrando?
Entonces, ya que no hay más remedio que evaluar, lo que querríamos es
tener una vara "objetiva", es decir, uno o varios criterios
(puntualidad, cumplimiento, cuidado del uniforme, etc. etc.) según los
cuales se pudiera evaluar a la gente "con imparcialidad".
Este criterio es seductor y son muchas las empresas que tratan de
resolver la cuestión de este modo. Sin embargo, tiene serios
problemas. Para entenderlos, hagámonos la siguiente pregunta:
¿Qué distingue al guardia excelente del guardia "del montón"?
Un momento de reflexión arrojará la siguiente conclusión: lo que lo
distingue es un cúmulo de "pequeñas decisiones" que el guardia
excelente toma en su trabajo diario. Es capaz de entender situaciones
propias de su trabajo y de resolverlas con acierto. A esto solemos
referirnos como tener "criterio", "inteligencia", "iniciativa",
"tacto".
Ahora bien: no hay ningún modo de evaluar este componente por
criterios objetivos. Por lo tanto, todo intento de evaluación
"objetiva" nos lleva a pasar por alto precisamente aquello que más nos
interesa.
Naturalmente, esta consideración vale solamente para el empresario que
se proponga tener guardias excelentes. Si su política es suministrar
un "commodity" a sus clientes, no hace falta complicarse la vida con
estas cuestiones.
Entonces: ¿Cómo se hace para evaluar al personal? En primer lugar, hay
que tener un "jefe real" a cargo de la gente (esto es trabajo
directivo). En segundo lugar, hay que enseñar a este jefe a hacer
juicios personales y subjetivos sobre la efectividad de sus
subordinados, a responsabilizarse por ellos, a fundamentarlos
adecuadamente y a comunicarlos con claridad a su gente. Va de suyo que
tendrá que escuchar lo que la gente tiene que decir y responder
adecuadamente.
Volvemos aquí al punto "¿qué espera mi jefe de mí?". Como es obvio, el
jefe sólo podrá hacer este tipo de evaluación si hace referencia a las
responsabilidades que se le asignaron a la gente, es decir, a los
resultados de su trabajo por los que tendrá que responder. Por este
motivo la asignación de responsabilidades es el mejor modo de lograr
que la gente pueda responder a esa pregunta.
Para terminar
Si el lector tiene alguna familiaridad con las tendencias actuales en
management, sabrá que la figura de "jefe" está hoy bajo sospecha. Hay
quienes sostienen que la jerarquía es dañina y que la gente tiene que
trabajar sin supervisión. Esta es una verdad parcial que se basa en un
malentendido: lo que causa problemas no es la jerarquía de por sí,
sino las jerarquías mal armadas (como por ejemplo los "jefes que no
son jefes").
Es cierto que hay muchas situaciones en las que la gente trabaja
"encorsetada" (demasiado jefe, demasiado control) y que si se le
"amplía el terreno" se siente mejor y trabaja mejor. A partir de este
hecho, algunos autores sacan la conclusión de que "cuanto más laxo
mejor". No es así: una jerarquía bien construida es liberadora y
motivadora.
Mucha gente sostiene que el mal de la jefatura es el autoritarismo.
Sin embargo, el verdadero mal es la abdicación. "Abdicar" significa
renunciar a una atribución propia. El autoritarismo es el segundo acto
de la abdicación: autoritario es el jefe que interviene mal y a
destiempo después de haber estado ausente cuando hacía falta.
Un comentario final: el lector podrá pensar "¿cómo puede ser que
este autor escriba un artículo sobre motivación en el que no dice una
palabra sobre lo que se le paga a la gente?"
Es verdad que no se puede tener una organización de gente motivada si
las remuneraciones no están en orden (equidad interna, correspondencia
con el mercado). Pero dejemos una cosa en claro: primero viene tener
una organización bien armada y jefes capacitados. Si logramos esto,
pagar adecuadamente es una mera cuestión de congruencia con una buena
administración de recursos humanos. (A propósito: no se haga ninguna
idea de que la gente cuanto más cobra, más motivada está).
Es muy bueno para una empresa que se defina con precisión de qué es
responsable cada uno. Desde el punto de vista de la organización
del trabajo, esto es evidente para cualquiera. Lo que no es tan
evidente (aunque es igualmente cierto) es su efecto sobre el ánimo de
la gente: las definiciones claras tienen un
fuerte efecto motivador.
Todos nosotros, desde el presidente hasta el cadete
(y pasando por los consultores, para no dejar afuera al autor)
necesitamos trabajar en un terreno conocido y a la medida de nuestro
"tamaño".
Harald Solaas (
harald@solaas.com.ar
) es
consultor en gestión de recursos humanos y aprendizaje
organizacional, profesor universitario de grado y postgrado,
experto en capacitación y miembro de este Foro. Gracias, Harald!